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Todo parece asegurar que han sido los críticos estadounidenses los que han puesto de nuevo de moda el champagne rosado. Fuentes dignas de crédito aseguran que periodistas de la revista Vanity Fair pedían a sus modelos que se dejaran retratar en las fiestas mundanas con una copa de champagne rosado en la mano, porque el color rubí era fashion. La idea ha prosperado, potenciada por la calidad de los cavas y champagnes rosados e impulsada por otra idea básica en el mundo anglosajón, el trago ha de ser minimamente consistente, y este tipo de copas da imagen de una mayor densidad de la que proporciona un vino blanco. Además los rosados tienen fama de caros, un detalle que siempre marca carácter, como un sacramento.
Como yo también soy esnob he ampliado mi paleta de burbujas rosadas. Sigo fiel al Henri Abelé que luce la figura dorada del ángel sonriente de la catedral de Reims. Me gustan los vinos de Riceys, pensados en su tiempo como tintos, ahora con una nueva versión, equilibrada entre aroma, burbuja y paso en boca. Un champagne 100% Pinot noire siempre es algo muy serio, tanto como otras botellas que merecen la gloria de dar copas de todas horas, de tonos rosados que van del pálido al potente. Drappier tiene un Pinot noire bueno y económico, bastante más barato que el Brut Rosé de William Deutz, o el de Billecart-Salmon, de gran categoría. El rosé de Ruinart es otra seria opción que no puede hacernos olvidar la existencia de los mágnums de rosé Roederer, a precios que se aproximan a los 800 euros, demostrando que las modas pueden salirnos caras.
No obstante, si los fotógrafos americanos buscan en los archivo, descubrirán que esta tendencia a beber rosado no la han impuesto ellos, si no que arranca de las magnificas puestas en escena que conseguía Salvador Dalí. El genio surrealista tenía claro que el centro del universo era la estación de Perpiñán y el cava rosado de Perelada el vino del cáliz de Baco de dónde se podía rociar gotas mágicas y benditas, impulsoras de sueños y deseos. Su afición por el cava rosado del Empordà era una norma que imponía a todos sus invitados, Tanto en Nueva York como en Port LLigat. En esta última población recibía cada año al escritor Josep Pla, según un ritual que implicaba una invitación indirecta, generalmente a cargo de Josep Mercader, creador del Motel Empordà. Una vez Pla en su casa, Gala servia una botella de cava rosado a temperatura de ambiente de agosto. Dalí mojaba sus dedos, Pla bebía todo lo que podía y al final, cuando se despedían, Gala le preguntaba que le había parecido el cava. Pla contestaba “degueulasse comme toujours”. Eso si, se llevaba a su mas de LLofriu como tributo bastantes gotas benditas.