Es cierto que las estadísticas son ciertas. Escribir contra ellas puede entenderse como una irresponsabilidad, o un deseo infantil de no ser políticamente correcto. Pero también es verdad que, amparados en las leyes de los grandes números, se mueven muchos pequeños destructores de nuestros placeres.
Son esos personajes que gustan afirmarse en la opción cero. Castidad absoluta hasta la tumba, nada de humo, por el que parecen sentir una alergia más que física, mental. Nada de alcohol, porque es pernicioso. Olvidan así todas las virtudes que encierran los rituales que acompañan estos pequeños gestos que hacen que la vida no sea un valle de lágrimas. Los que no han fumado ni han bebido jamás nunca podrán saber “come è fatto il sapere,” que decía el poeta Leopardi.
En lo que si tienen razón es en la critica del exceso. De hecho, en este aspecto debiéramos criticar todo el tabaco que arde sin control, es decir, la inmensa suma de cigarrillos proyectados por mentes perversas que han hecho que el tabaco se consuma con un ritmo inalterable, sin apagarse jamás, haciendo de la primera calada un incendio que lleva a consumirse el cigarrillo al margen de nuestra voluntad. Trágica realidad que implica la aparición del fumador compulsivo, que no lo es, en si, por el tabaco, sino por una suma de ansiedades tan difíciles de analizar como difícil es curar el alma humana.
Pero queda otro tipo de Humo, con mayúsculas, ligado a una tradición que ha superado los quinientos años, o los ochenta de Churchill, Robaina, Fidel y otros tantos fumadores que no lo son porque el tabaco obliga, sino porque los grandes cigarros tienen un momento en el tiempo.
En los restaurantes, la autoridad debiera escapar de la sanidad inhumana que solo entiende de estadísticas. Así se podría recrear un ambiente de máxima relajación, en el que, antes de encender nada, se huelen y tocan los Partagas 8-9-8 llamados Dalia, los Pirámide serie dos, los Montecristo Robusto, los Romeo y Julieta del calibre Churchill o las nuevas joyas de Montecristo dedicadas al Conde Edmundo Dantes. Probablemente no sean estos humos del todo sanos, pero el beneficio inmenso que crea encender un Habano, en el salón de fumadores, no a un centímetro del que se come una ostra, no ha sido cuantificado. No obstante, todos sabemos que este acto litúrgico hace propicia la convivencia, acerca personalidades que parecen lejanas y duerme la feroz agresividad que provocan otros humos criminalmente consentidos, entre ellos el de la polución, que acabara, no con nosotros, sino con el planeta.
Encender un gran cigarro, apreciar si es muy esponjoso, detectar sus notas de madera, café, cacao, y, por supuesto, de tabaco, libera una paz interior que puede hacernos olvidar una próxima reunión y con ello, un infarto por mucho estrés. Sabiendo que los que así creemos somos una cofradía perseguida, solo nos queda implorar refugio a aquellos restauradores que saben que, muchas veces, les pedimos un cigarro puro para hablar del tabaco como un medio infalible para recuperar el sabor, el placer, e intentar detener el tiempo. Lastima que estos detalles no figuren en las estadísticas.